Huyendo de la panza de burro decidimos mi chica y yo pasar el fin de semana en un aparthotel de la zona del Veril, en la Playa del Cochino.
¡Qué maravilla! El sol, mi chica…Vamos nada lo iba a fastidiar, seguro. ¿Seguro? Les cuento. Llegamos como a mediodía y me pareció mágico el lugar, era un aparthotel entrañable, de esos antiguos, con los ascensores pequeñitos, la piscina pequeñita, el bufete pequeñito, en fin entrañable.... La chica de recepción nos recibió con una sonrisa estupenda y nos atendió muy rápidamente.
¡Qué bien! Todo se conjuraba a nuestro favor. La estancia fue un regalo de cumpleaños de la familia que pagó por ello 86 Euros (21'5 euros persona/día con desayuno incluido). Estaba bien de precio.
Después de las pertinentes fotocopias a los DNI, nos encaminamos a la habitación con una gran sonrisa de oreja a oreja que iluminaba el establecimiento. Fuimos a tomar el ascensor pequeñito, de verdad que lo era, y no nos dimos cuenta de lo pequeño que era hasta que tuve que subir por la escalera porque no cabíamos los dos con la pequeña maleta que habíamos preparado para el fin de semana.
Vale, no pasa nada, al fin y al cabo en un rato estaría en la piscina refrescándome. Sólo con pensarlo ya era suficiente para no tener en cuenta la estrechez al ascensor. Subí las escaleras y ya en la puerta de la habitación me doy cuenta de que los pasillos son estrechísimos, tampoco me pareció relevante (tal vez porque la maleta pasaba por el).
Entramos en la habitación, dejamos la tarjeta en el conmutador de la electricidad, y después de colocar nuestras cosas en el ropero, examinamos el entorno y fue entonces cuando fuimos conscientes de donde estábamos.
La habitación era pequeña (eso podría pasar, al mal tiempo buena cara). Estaba mal iluminada y los muebles eran bastante viejos y poco cuidados. (de distinto padre que diría mi chica, de diferente colección). Pero bueno eso tampoco iba a ser óbice para que el fin de semana se enturbiara. Decidí cocinar algo (me encanta cocinar), pero no soy de los que se llevan la nevera a cuestas. Soy de los que piensa que hay que generar gasto allá donde va uno. Y me bajé al 'supermercado' que se encontraba en los bajos del establecimiento hostelero.
Detrás de un muro de tarjetas de recuerdos y de neveras de polos y helados encontré la puerta del establecimiento, entré y fue como entrar en una realidad paralela. Los precios eran de antes de la crisis por lo menos, lo que creo que se les había olvidado bajarlos, o no se habían dado cuenta del periodo económico por el que estamos pasando. ¿Sabrían que la crisis era global, y que afectaba a todos los habitantes de la tierra?
Mientras estaba con mis pensamientos me di cuenta de que una chica me seguía todo el rato, y después la vi cargando una nevera pero clavándome la mirada y sin perderme de vista. En fin me centré en mis necesidades culinarias y después de pillar tres o cuatro productos básicos me fui a la caja.
Ante mi sorpresa me di cuenta de que la chica que me vigilaba, la que cargaba la nevera, y hasta la cajera eran la misma persona. Dios una persona para todo el establecimiento. Pagué el pastón que me pidieron por mi compra y me dirigí a la habitación.
Una vez allí, me puse el delantal y decidí relajarme cocinando, pero no habían casi utensilios de cocina (mala cosa, no entiendo porqué te ponen la cocina sin utensilios), la placa era de dos fogones y estaba huérfana de extractor a pesar de que en la cocina se encontraba un detector de humos. Extraño ¿No?
Bueno la verdad es que las ganas de cocinar se me iban pasando pero hice de tripas corazón y preparé un plato. ¡Qué bueno! Ya estábamos comidos y caía la tarde. Decidimos leer en la terraza aprovechando los últimos rayos de sol.
La noche pasó sin muchos sobresaltos, aunque como la calle no tenía salida y era muy estrecha, las guaguas estuvieron toda la noche con el traqueteo de entrada y de salida, con los indicadores esos que emiten un estridente ruido. Al despertar casi no podía respirar.
La noche puso de relevancia la carencia de limpieza en profundidad de la que adolecía la habitación. Terminé de estornudar y fuimos a desayunar para reconfortarnos con un desayuno que presumíamos iba a ser abundante y variado. ¡Ja!. Que equivocados estábamos.
El buffet era escaso, escaso. Y lo variado era que habían cambiado los zumos de sitio. Después de alguna longaniza, algún pedazo de pan y de café, fuimos a la zona de la piscina y el solárium.
¿Han intentado ustedes alguna vez coger una hamaca en la piscina y se da cuenta de que están las toallas pero faltan las personas? Esto puede ser por dos cosas, a) porque el establecimiento no tiene hamacas suficientes o, b) porque hay demasiados huéspedes. Pero cuando confluyen ambas cosas la cosa se pone mala, mala…
Decididos a tener una hamaca donde broncearnos, hablamos con la recepcionista que a regañadientes nos acompañó y retiró las toallas que ella consideró oportunas, para cedernos las hamacas.
Por fin al sol pude adelantar alguna lectura que tenia atrasada. El problema fue cuando los dueños de las toallas llegaron y pretendieron que les devolviéramos el sitio. Señores que ustedes pongan la toalla no le confiere ningún derecho sobre la hamaca, esto no es la fiesta del pueblo donde deja uno la rebeca para la tía de la ciudad que viene a ver dos actos durante todo el año vea la bajada de la virgen, o el encuentro folklórico.
En inglés le dije al señor, que estaba de muy mal humor, que se dirigiera a recepción donde allí le indicarían el porqué nos encontrábamos en su lugar. El señor al que acompañaba una señora muy maleducada, por cierto, habló con la chica de Recepción y después de un rato vino y me dijo que me llamaban de Recepción.
Momento que el ínclito turista y su maleducada acompañante aprovecharon para poner en mi hamaca sus toallas. Menos mal que estaba mi chica que defendió con uñas y dientes la hamaca. ¡Dios estaba saliendo todo mal! Momentos después le ocurría lo mismo a otra pareja, esta con dos bebés.
Tomamos el sol y por la tarde subimos a comer a la habitación. Se había instalado a partir de entonces el olor a cloaca que nos seguiría hasta el momento de abandonar el hotel. Después de haber estado al sol todo el día tratando de digerir lo que había pasado en la piscina, decidimos ver un poco la tele, el sillón era de los que te hacen nueva la espalda, después de destrozártela.
Nos retiramos a dormir, pero el televisor emitía un ruido de baja frecuencia que sólo se le quitaba desenchufándola. Por la mañana de nuevo el polvo hacía mella en mi nariz. Fuimos a desayunar y después de eso decidimos abandonar el establecimiento y dirigirnos a la playa. Seguro que la naturaleza nos dejaría un buen sabor de boca a aquel agrio encuentro con las buenas temperaturas y a la playa que nos fuimos.
Cuando llegamos a la playa (La del cochino), me fijé en que hay una ladera que da a la playa con un cartel maravillosos en el que se puede leer con letras enormes 'Zona de desprendimientos'... ¡Tócate el pié!, pensé yo. La verdad que parecía más una cantera de extracción de áridos que la ladera de una playa. Pero vamos eso no es culpa de nadie, y tampoco vamos a hacer un drama, ya hemos tenido bastante con el apartahotel. La playa por lo menos es gratis, o eso pensaba yo. Ahora tocaba broncearse.
Alquilaremos una hamaca, que nos apetece estar tranquilos y relajados. Una vez localizamos al chico de las hamacas, me dejó sorprendido el precio. 7'50 Euros, las dos hamacas y una sombrilla. No es que me parezca exagerado el precio, pero si tenemos en cuenta el estado lamentable en el que se encuentran las hamacas y las sombrillas, y que el servicio termina a las seis, cuando el sol no se pone hasta las nueve de la noche...
De verdad que es caro, pero bueno no iba a discutir tampoco eso, no quería que el recuerdo de este fin de semana fuera un recuerdo agónico, pero de verdad que comenzaba a tornarse de ese color.
Decidimos entonces tomar algo fresco para que se nos bajara el calor del expendio que estabamos realizando. Refresco de 33 cl: 3 Euros, zumo de 33 cl: 3 Euros.....Diós 13 Euros 50 y todavía ni se me ha puesto roja la piel. Vamos que me dejo de buen humor aquello, un buen humor que decidí llevarme de aquella playa, de aquellos lares y regresar con el rabo entre las piernas a la capital con la triste estampa en lo que se ha convertido nuestra industria mayor, el turismo. Y no vale echarle la culpa a la crisis, aquel apartahotel no se remozaba desde hace por lo menos 15 años.
Trato de ser lo más objetivo posible, pero me doy cuenta de que aquello, no hay por donde cogerlo. Al fin y al cabo yo soy de aquí y siempre voy a tratar de hablar bien del entorno que me rodea, pero ¿de que vale? A mi si algo me molesta me cojo mis cosas y en una hora estoy en mi casa, pero ¿el que viene de Noruega y no tiene esa oportunidad? Me da repelús ver el futuro del sector en manos de estos señores que no se preocupan por la calidad que ofrecemos.
Pero cómo yo soy bueno y quieren que veraneemos aquí, por aquello de la campaña, aquí me voy a quedar... pero otro año. Prefiero pagarme un billete de avión y que me roben y me engañen en otro país, por lo menos veré sitios nuevos.
La que cantó 'para hacer bien el amor hay que venir al sur', no se vino al sur de Gran Canaria.